Mujeres, cuidado informal y género

mayo 12, 2015

1. INTRODUCCIÓN:

El sistema de provisión de cuidados de salud en España se basa primordialmente en el cuidado llamado informal o familiar, que se entiende como el realizado en el ámbito del domicilio, por el que habitualmente no se percibe remuneración económica alguna y en el que se establece algún vínculo emocional entre la persona cuidadora y la receptora de los cuidados. Este tipo de recurso tiene una importancia cuantitativa y cualitativa primordial, puede llegar al 95% del total de los cuidados ofertados a personas dependientes, es el preferido por las personas dependientes en el ambiente íntimo del hogar, y se adapta a las diversas experiencias y problemas de salud (Bover-Bover, 2006).

Cuando se habla de cuidado informal se está hablando mayoritariamente del apoyo ofrecido por miembros de la red familiar inmediata; pero la distribución del rol de persona cuidadora no es homogénea en las familias. El perfil típico de la persona cuidadora principal es el de una mujer, ama de casa, con una relación de parentesco directa (por lo general, madre, hija o esposa) y que convive con la persona a la que cuida. Género, convivencia y parentesco son las variables más importantes de cara a predecir qué persona del núcleo familiar va a ser la persona cuidadora principal. El hecho de que la atención informal sea mayoritariamente femenina pone de manifiesto las cargas diferenciales de cuidado entre hombres y mujeres (García-Calvente, Mateo-Rodríguez, & Maroto-Navarro, 2004).

Bover-Bover (2006) señala que en los estudios, se refleja cómo la responsabilidad de cuidado impacta de forma negativa en la salud, tanto física como psicológica, de la persona cuidadora, además del impacto en la actividad laboral, el ocio y las relaciones sociales y familiares de la persona cuidadora, principalmente en el caso de las mujeres cuidadoras, que favorece su aislamiento social.

2. LA SALUD DE LAS MUJERES CUIDADORAS INFORMALES.

2.1. Cuidados y género.

En la población española, las mujeres representan el 84% de las personas encargadas de atender a otras dependientes (Larañaga et al., 2008). Para García-Calvente (2002), la atención informal a la salud se sigue escribiendo, hoy por hoy, en femenino. La función de cuidar sigue estando asociada claramente a un rol de género, con lo cual la figura de la persona cuidadora principal sigue siendo en su mayor parte asumida por las mujeres.

Cuando se habla de familias cuidadoras realmente nos estamos refiriendo a sus mujeres, pues existe la creencia que cuidar es trabajo femenino, actividad que señala no sólo a la esposa o hijas, sino también a nueras, nietas, sobrinas, ahijadas; pues ser mujer es suficiente requisito para asumir el compromiso de cuidar (Dakduk, 2010)
Este hecho supone pues, un elemento de desigualdad de género en salud, en el que la asunción de roles está socialmente marcada y frecuentemente impuesta y en el que hay una división sexual del trabajo productivo y reproductivo. Cuidar de la salud de otros tiene repercusiones en, por ejemplo, áreas tales como; la socioeconómica o la familiar que impacta sobre la vida de las cuidadoras, al mismo tiempo de tener también unas repercusiones importantes en la propia salud.

2.2. Consecuencias del cuidado.

Cuidar de un enfermo supone en muchos casos una notable fuente de estrés, ya que el cuidado implica una gran cantidad de tareas y servicios al enfermo que van más allá del mero estar ahí (López, 2005). Como ya hemos comentado anteriormente, el cuidado de un enfermo supone un impacto significativo en la salud, sobre todo en tres áreas importantes de la vida de las personas cuidadoras, como son la salud, tanto física como psicológica, el área socioeconómica y el área familiar.

2.2.1. Consecuencias sobre la salud física.

Las personas cuidadoras de mayores dependientes presentan importantes problemas de salud física. Son unas personas que padecen, la mayoría de las veces eso sí en silencio, esta problemática. Una gran preocupación, sobre todo en las personas cuidadoras de más edad, es que su salud no se vea disminuida para poder hacer frente al futuro de la enfermedad del familiar (López, 2005). Pero una cosa son los deseos de las personas cuidadoras de tener una buena salud y otra, a veces bien diferente, es la salud que realmente presentan. De hecho su salud física se encuentra en numerosas ocasiones deteriorada. Así, un 84% de las personas cuidadoras experimentan algún problema físico (Badia, Lara, & Roset, 2004) y siete de cada diez personas cuidadoras padecen dolores de cabeza y cansancio (Roca et al., 2000). Más de la mitad de las personas cuidadoras presentan trastornos del sueño y problemas osteomusculares y una reducción o abandono del ejercicio físico que realizaban. Incluso ocasionalmente experimentan ahogos, fracturas y esguinces (Badia et al., 2004). Algunos de estos problemas (ej. dolores musculares, problemas óseos, esguinces) están directamente relacionados con las principales cargas físicas de la situación en la que se encuentran.

En general las personas cuidadoras perciben que su salud es peor que la de las no cuidadoras (Schulz, A, J, & K, 1995). Los datos indican que las personas cuidadoras se encuentran peor físicamente que las no cuidadoras, presentan más sintomatología física, más dolor, más malestar (Crespo & López, 2008).

Las consecuencias físicas varían principalmente según la dependencia moderada o grave de la persona cuidada (su movilidad…) y aunque en los casos en los que la persona atendida posee una mayor autonomía la carga física disminuye, no por ello cesa la atención que se dispensa a la persona (Mier, Romeo, Canto, & Mier, 2007).

Así pues, la energía y esfuerzo físico ejercido en el cuidado deriva, en casi todos los casos, en una mayor situación de estrés y de carga psicológica. En general, puede decirse que las consecuencias físicas que acarrea en las mujeres el cuidado (mover a la persona atendida, bañarla, tumbarla etc.) son una cuestión más que perjudica seriamente la salud emocional de las cuidadoras (Mier et al., 2007).

2.2.2. Consecuencias sobre la salud psicológica.

Si los problemas físicos son abundantes y frecuentes entre las personas cuidadoras, no lo son menos los problemas emocionales. De hecho, el consenso es incluso mayor respecto a las afecciones psicológicas que respecto a los problemas físicos. Cuidar a un mayor dependiente afecta a la estabilidad psicológica (Crespo & López, 2008).

Una buena parte de las personas cuidadoras experimenta sentimientos globales de problemas emocionales, en los que se incluye una mezcla indeterminada de depresión, ansiedad, ira y otros sentimientos negativos. Dentro de los problemas padecidos por las personas cuidadoras, ocupan un papel predominante las alteraciones del estado de ánimo, y más específicamente la depresión. Así, es frecuente la presencia de síntomas depresivos, como problemas de sueño, sentimientos de desesperanza, preocupaciones por el futuro…(Crespo & López, 2008).

Dentro de estos cuadros suelen ocupar un lugar central los sentimientos de culpa, referidos a aspectos diversos, tales como no haber hecho algo antes de que el familiar enfermarse (como llevarle a un buen especialista), desear que su familiar fallezca, discusiones o conflictos que se tuvieron en el pasado con el familiar, alguna media verdad que se le ha dicho sobre su enfermedad, alguna actividad que se le obligó a realizar…o tantas otras cosas (Crespo & López, 2008).
Cuidar conlleva, en la mayoría de las ocasiones, una importante tensión para los familiares, por lo que no es de extrañar que aparezcan con frecuencia síntomas y cuadros de ansiedad. Éstos, aunque menos frecuentes que los problemas del estado de ánimo, son también habituales. Son muchas las personas cuidadoras que sienten, tensión, aprensión, alarma, inquietud, nerviosismo y preocupación, así como una gran activación (Crespo & López, 2008).

Por otra parte, las personas cuidadoras presentan con frecuencia altos niveles de ira y hostilidad, que se manifiestan en sentimientos de irritación, furia, disgusto, enfado, fastidio y rabia que pueden ser dirigidos tanto sobre sí mismos como hacia los demás. La ira, en cuanto estado emocional, va unida generalmente de tensión muscular y a excitación del sistema nervioso autónomo. Con frecuencia aumenta de intensidad si se percibe por parte de la personas cuidadora una sensación de injusticia, ataque o trato injusto por parte de los demás. Pero pueden ser experimentados todos estos sentimientos por parte de la persona cuidadora sin necesidad de una provocación específica. Lo cierto es que se generan con todo lo anterior situaciones que no favorecen ni la convivencia con los demás ni una buena realización de las tareas que tienen que desempeñar bien en casa, bien fuera de ella.

Según el Estudio 2117 del Centro de Investigaciones Sociológicas sobre la ayuda informal a las personas mayores, un 32% de sus personas cuidadoras declara sentirse deprimida, un 29% presenta un deterioro de su salud, y un 9% presenta conflictos de pareja. En otros estudios realizados en nuestro ámbito cultural, los porcentajes de problemas de ansiedad y de depresión en las personas cuidadoras son aún mayores, presentándose estos problemas emocionales en un 70% de los casos. Quizás por ello un 25,3% de las personas cuidadoras de nuestro entorno consumen algún tipo de psicofármaco, y el 91% de los que lo hacen comenzaron la ingesta siendo personas cuidadoras (López, 2005).

Por tanto, las personas cuidadoras deben hacer frente a diversas situaciones emocionales producidas por el cuidado a las personas a las que atienden. Dicho coste emocional afecta tanto a la cuidadora como a la relación que ésta mantiene con la persona atendida, y con el resto de la familia y el entorno (Mier et al., 2007).

Por lo general, sufren una gran dosis de sobrecarga puesto que además de la tarea del cuidado deben también hacer frente a las demás tareas y roles: el cuidado de la familia, las tareas domésticas… La situación se agrava en los casos en los que las mujeres trabajan también fuera de casa. Pero la sobrecarga no viene sólo producida por las diversas tareas que deben realizar sino por el hecho de que estas tareas son de carácter continuo y requieren de una atención constante. Por ello, la vida de las cuidadoras gira y se organiza en torno al cuidado (hábitos, horarios, actividades, ocio…) lo cual produce en ellas un malestar y una sensación de ahogo o exceso de trabajo (Mier et al., 2007).

2.2.3. Consecuencias socioeconómicas.

García-Calvente, Mateo-Rodríguez, & Egulguren (2004), refieren que la atención informal plantea dos cuestiones relacionadas con la equidad: una desigualdad de género y una desigualdad de clase social. La desigualdad de género ya la hemos abordado antes, por tanto ahora nos vamos a centrar en la desigualdad de clase social. Las autoras parten de la idea que la desigual capacidad real de elegir sobre el cuidado y de acceder a los recursos de ayuda para cuidar, según el nivel económico y educativo, plantea dicha desigualdad social.

Por tanto, no todas las mujeres participan por igual en el cuidado; existen diferencias que indican que, también en el sistema informal, desigualdad de género y de clase social constituyen ejes entrelazados. Son las mujeres de menor nivel educativo, sin empleo, y de niveles socioeconómicos bajos las que configuran el gran colectivo de cuidadoras informales en nuestro medio (García-Calvente, Mateo-Rodríguez, & Egulguren, 2004; García-Calvente, Mateo-Rodríguez, & Maroto-Navarro, 2004; La Parra, 2001). Aunque esto parece afectar también a los cuidadores, tanto los cuidadores como las cuidadoras con dificultades económicas presentan menos bienestar y más riesgo de depresión (Larañaga et al., 2008; Schulz et al., 1995).

En el caso de que las cuidadoras estén trabajando, la situación laboral de las mujeres puede también verse agravada por el hecho de ser cuidadoras. En ocasiones, las mujeres que deben encargarse del cuidado de las personas mayores se ven obligadas a abandonar el trabajo remunerado o a reducir su jornada laboral para encargarse de algún familiar de avanzada edad. Además, se asume la imposibilidad de buscar un trabajo debido a que el cuidado absorbe gran parte de su tiempo y dado que sus vidas deben de estructurarse con base en la labor de cuidadoras resulta imposible plantearse la inserción laboral (Mier et al., 2007).

2.2.4. Consecuencias familiares.

Dentro de los aspectos contextuales, cabe señalar un conjunto de variables cuya importancia está siendo destacada en los últimos análisis sobre el estado de la evaluación con personas cuidadoras: las variables relacionadas con el funcionamiento familiar y las interacciones entre los miembros de la familia. A pesar de su importancia, los aspectos relacionados con la interacción entre la persona cuidadora y la persona cuidada o entre la persona cuidadora y otros miembros de la familia apenas son evaluados y muy rara vez se adopta en la práctica profesional y en la investigación una perspectiva evaluadora de tipo familiar o sistémica (Losada, Peñacoba, Márquez, & Cigarán, 2008).

Además de los problemas físicos y emocionales, la persona cuidadora principal experimenta importantes conflictos y tensiones con el resto de familiares. Conflictos familiares que tienen que ver tanto con la manera de entender la enfermedad y las estrategias que se emplean para manejar al familiar, como con tensiones relacionadas respecto a los comportamientos y las actitudes que algunos familiares tienen hacia el mayor o hacia el propio cuidador que lo atiende (López, 2005).

Cuando las personas mayores presentan un gran deterioro o una enfermedad crónica que amenaza seriamente su vida, numerosas personas cuidadoras llegan a experimentar un duelo anticipatorio que genera en ellas sentimientos de negación, ira, depresión y, finalmente, aceptación de la realidad. Van progresivamente experimentando la pérdida de su ser querido, aun antes de que este fallezca, con el consiguiente conflicto de emociones. En algunas personas cuidadoras el sentimiento de duelo y sus repercusiones negativas son incluso más intensos en el duelo anticipatorio que en el duelo posterior al fallecimiento (Crespo & López, 2008).

A pesar de todo, como bien explican Crespo y López (2008), las personas cuidadoras no solo experimentan consecuencias negativas por el hecho de cuidar, no hay que evadir, que también hay personas cuidadoras que experimentan efectos positivos en el cuidado. De hecho, si la personas cuidadora tiene recursos adecuados y buenos mecanismos de adaptación, la situación de cuidar al familiar no tiene por qué ser necesariamente una experiencia frustrante, y hasta pueden llegar a encontrarse ciertos aspectos gratificantes.

Siguiendo con Crespo y López (2008), es importante entender que los aspectos positivos y negativos del cuidado de un enfermo no son dos elementos contrapuestos e incompatibles, si no que son dos aspectos o dimensiones que pueden coexistir en las personas cuidadoras. La enfermedad no es en sí positiva, pero si lo puede ser el proceso personal de la persona que cuida y la capacidad de ir superando problemas.

Ser cuidador/a conlleva en numerosas ocasiones aprendizajes vitales importantes para quienes desempeñan dicho rol, es decir, se aprende a valorar las cosas realmente importantes en la vida y a relativizar las más intrascendentes.

igualdad

 

Más información: http://www.psicoterapialasal.com/wp-admin/post.php?post=2379&action=edit

 

Biliografía:

  • Aparicio, M. E., Sánchez-López, M. P., Díaz, J. F., Cuéllar, I., Castellano, B., Fernández, M. T., et al. (2007). “La salud física y psicológica de las personas cuidadoras: comparación entre cuidadores formales e informales”. Madrid: IMSERSO.
  • Badia, X., Lara, N., & Roset, M. (2004). Calidad de vida, tiempo de dedicación y carga percibida por el cuidador principal informal del enfermo de Alzheimer. Aten Primaria, 34, 170-177.
  • Bover-Bover, A. (2006). El impacto de cuidar en el bienestar percibido por mujeres y varones de mediana edad: una perspectiva de género. Enferm Clin., 16, 69-76.
  • Crespo, M., & López, J. (2008). El estrés en cuidadores de mayores dependientes: cuidar para cuidarse. Madrid.
    Dakduk, S. (2010). Envejecer en casa: el rol de la mujer como cuidadora de familiares mayores dependientes. Revista venezolana de estudios de la mujer, 15, 73-90.
  • García-Calvente, M. M., Mateo-Rodríguez, I., & Egulguren, A. P. (2004). El sistema informal de cuidados en clave de desigualdad. Gac Sanit, 18, 132-139.
  • García-Calvente, M. M., Mateo-Rodríguez, I., & Maroto-Navarro, G. (2004). El impacto de cuidar en la salud y la calidad de vida de las mujeres. Gac Sanit, 18, 83-92.
    La Parra, D. (2001). Contribución de las mujeres y los hogares más pobres a la producción de cuidados de salud informales. Gac Sanit, 15, 498-505.
  • Larañaga, I., Martín, U., Bacigalupe, A., Begiristáin, J. M., Valderrama, M. J., & Arregi, B. (2008). Impacto del cuidado informal en la salud y la calidad de vida de las personas cuidadoras: análisis de las desigualdades de género. Gac Sanit, 22, 443-450.
  • López, J. (2005). Entrenamiento en manejo del estrés en cuidadores de familiares mayores dependientes: Desarrollo y evaluación de la eficacia de un programa. Universidad Complutense de Madrid, Madrid.
  • Losada, A., Montorio, I., Izal, M., & Márquez, M. (2006). Estudio e intervención sobre el malestar psicológico de los cuidadores de personas con demencia. El papel de los pensamientos disfuncionales. Madrid: IMSERSO.
  • Losada, A., Peñacoba, C., Márquez, M., & Cigarán, M. (2008). Cuidar cuidándose: evaluación e intervención interdisciplinar con cuidadores y familiares de personas con demencia. Madrid.
  • Mier, I., Romeo, z., Canto, A., & Mier, R. (2007). Interpretando el cuidado. Por qué cuidan sólo las mujeres y qué podemos hacer para evitarlo. Abendua, 42, 2-38.
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